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Una giornata particolare

By on 19 junio, 2015

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Entre el río Tíber y la masa verde, frondosa de la reserva natural de Monte Mario, al norte de Roma, se extienden los dominios de un complejo deportivo legendario. El Foro Itálico, hito megalómano de la arquitectura fascista italiana ideada por Benito Mussolini, fue construido entre 1928 y 1938 y alberga, desde 1935, uno de los torneos de tenis más queridos y carismáticos del circuito, el Masters de Roma. Como un devoto laico, todo buen aficionado al tenis debería visitarlo al menos una vez, aunque…¿por qué no muchas?

Yo decido conocerlo en una de sus jornadas iniciales, de algún modo y durante unas horas escapando de la muchedumbre de turistas que invade Roma en primavera, solo para toparme con otro gentío igualmente bullicioso que deambula por el Foro buscando saciar su sed de tenis. Sí, este es uno de los torneos más populares de la galaxia tenística. Existen jardines y prados donde los niños juegan y la gente va de picnic. Un aire de fiesta, de celebración, sobrevuela el lugar. Hay incluso un trenecito, esa concesión excesivamente turística que aquí, sin embargo, me parece deliciosa. Actores disfrazados de jugadores célebres recorren las instalaciones para regocijo de los aficionados. Yo, que no me considera mitómano, no podré evitar más tarde la tentación de sacarme una foto junto a Borg y McEnroe, cada uno blandiendo sus respectivas armas, las míticas Donnay negra y la Dunlop Maxply. Aaah…cómo hubiera querido tener conmigo en ese momento mi vieja Spalding azul y blanca, mi primera raqueta de importancia, para no desentonar del todo junto a estas dos leyendas…

Accediendo al recinto, en seguida se ve a la izquierda la mole del Campo Centrale, escenario de tantas y tan renombradas batallas. Camino por aquí como si lo hiciera por un santuario. Antes de ocupar mi asiento, decido seguir explorando el recinto. Algo más allá se vislumbran las estatuas clásicas, ejemplo del hálito imperial que perseguía Mussolini, que circundan la segunda pista del torneo, la Pietrangeli. Es en este precioso estadio, construido en un foso a cielo abierto, donde veo mi primer partido. Carla Suárez Navarro, que días después llegará a la final, donde caerá ante Sharapova, se enfrenta a la alemana Mona Barthel. Los graderíos están a rebosar. Esta multitud ávida de tenis aplaude a rabiar pero es también capaz de guardar un silencio respetuoso cuando la bola está en juego, un precepto sagrado en el tenis. Tras ella, esas 18 estatuas, impregnadas de una belleza académica, parecen observar con indolencia otra forma de arte que se desarrolla sobre la arcilla. Es un placer contemplar el efecto demoledor del revés a una mano de Suárez Navarro, un golpe rarísimo en el actual circuito femenino, y una de las armas que la han encumbrado al puesto número 8 del ránking mundial.

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Echo un vistazo a la programación en el diario del torneo, ese ceremonial mínimo pero gozoso, y, ahora sí, toca entrar en el Campo Centrale. Wawrinka se enfrenta a Mónaco. De camino, me adelanta el sueco Mohamed Lahyani, el más mediático de los árbitros y, a juzgar de muchos, el mejor. A la carrera y, como siempre, con su limpia sonrisa iluminando el rostro. ¿Será el árbitro del partido entre el suizo y el argentino y llega tarde? Dentro de unos minutos comprobaré que no. Acedo al Campo Centrale casi como un gladiador que penetrara en el Coliseo, por uno de sus vomitorios hasta quedar frente a ese coso legendario, ante miles de espectadores ya en sus asientos, aún apacibles pero pronto vociferantes, reclamando el espectáculo por el que han pagado. Afortunadamente, no tendré que bajar a la arena. Como sucede por televisión, sorprende la verticalidad de este estadio, el empinamiento de su graderío que casi provoca el vértigo. Más de 10.000 asientos se agolpan aquí, y ahora me toca encontrar el mío. Mientras lo hago, un olor insospechado asalta mi nariz. ¡Sí, huele a palomitas! Su aroma recorre todo el estadio, y me pregunto si también llegará a la pista, a los jugadores. Qué debe sentirse mientras uno se deja la piel ante miles de pares de ojos, en medio de ese olor a palomitas, es algo que se me escapa.

Por allí diviso la razón. Vendedores de palomitas, bebidas y helados patrullan las gradas antes y durante los partidos. Una muestra más de lo popular de este torneo. Estoy a punto de escuchar otra. Por la megafonía empieza a sonar el tema principal de “La guerra de las galaxias”. Es la melodía que acompaña la entrada de los jugadores a la pista, esos duelistas que ahora provocan un torrente de aplausos. El ambientazo de tenis es casi completo. Solo falta, claro, que empiece el partido. El primer set se lo lleva Mónaco, un jugador correoso, peleón, generalmente atrincherado en el juego de fondo de pista, pero a partir del segundo entra en funcionamiento el bombardero helvético y Wawrinka vence en algo más de dos horas.

Proveniente de la Pietrangeli se oye el rugir de la afición, aplausos y ovaciones desatadas. Debe estar jugando algún tenista local. Trepo hasta lo alto de la grada y, efectivamente, el milanés Arnaboldi se está batiendo el cobre contra el belga Goffin, ante el que perderá. Desde aquí, el panorama es fenomenal, un espontáneo mirador sobre el Foro Itálico. En la distancia puede verse incluso, entre la espesura verde, el corpachón del gigantesco Estadio Olímpico. Vuelve a sonar la melodía galáctica en el Campo Centrale. Se avecina un plato muy apetecible. Almagro contra el número 1, Djokovic. Vuelvo a mi asiento, sorteando espectadores en la estrechez de estas gradas, no sin antes proveerme de un refresco bien frío. Empieza a hacer calor y el sol nos observa tiránico, sin apenas nubes que lo apacigüen. El primer set cae del lado del serbio, pero Almagro se apunta el segundo. El revés a una mano del murciano es prodigioso, casi inapelable cuando está bien engrasado, y provoca las mayores explosiones por parte del público. Es un partido intenso, emocionante, de esos que miman la afición al tenis, pero al final se impone el Chacal con su habitual despliegue de juego apabullante y sin apenas grietas.

Es momento de ir a comer, aunque dadas las horas casi podría hablarse de una pre-merienda. De vuelta al recinto dejo a la izquierda la Pietrangeli, donde Tsonga y Querrey comparan fuerzas, y avanzo hacia la zona de restauración. Es ahora cuando me cruzo con Borg y McEnroe. Por un día, hay que recurrir a las viandas estandarizadas y las franquicias del yantar. Pronto echo de menos especialidades romanas como los callos, los tonnarelli cacio e pepe, esos finos espagueti con queso y pimienta que me hicieron levitar hace un par de días, o las alcahofas fritas, una delicia que la romana ha heredado de la cocina judía. Tiempo habrá de volver a degustar esas exquisitices, pero por ahora hay que apaciguar los caprichos del estómago con la preceptiva pizza.

Un nuevo deambular por las instalaciones me lleva a los confines del complejo. Allí, en una de las pistas de entrenamiento, Nadal golpea bolas contemplado por una multitud excitada, que grita y saca fotos del español. Nadal es aquí un ídolo. El jugador que más veces ha ganado el torneo en toda su historia, siete. Este año, la octava no podrá ser. La jornada de tarde-noche se inicia con un combate que se anuncia desigual: la número 1, Serena Williams, frente a la rusa Anastasia Pavlyuchenkova, la 38 del mundo. El marcador lo dice todo: 6-1, 6-3 para la americana. Después, también en el Campo Centrale, saltan a la pista Berdych y el italiano Donati, que, a pesar del apoyo de su público, no puede evitar que la apisonadora checa le pase por encima.

Hace rato que se hizo de noche. Aún quedan bastantes seguidores circulando por aquí, postreros yonquis de este deporte que se resisten a marcharse. Por mi parte han sido casi 12 horas de tenis y parecen suficientes. Solo por ahora, solo por hoy. Una curiosidad ha sido saciada y un sueño ha sido cumplido. El año que viene el Masters de Roma volverá a engalanar el formidable Foro Itálico, a seducir los ojos y los corazones de los aficionados. El mío ya lo ha conquistado.

Firma invitada: Óscar Blanco Aparicio

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