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Court Hustler: la masacre del día de la madre

By on 18 diciembre, 2015

libro Court HustlerA principios de la década de los 70 del siglo pasado, el movimiento por la liberación de la mujer recorría el mundo e inundaba con su efervescencia el circuito del tenis femenino. Las jugadoras reclamaban mayores dotaciones económicas en un intento de equiparar su juego y sus condiciones a las de los hombres. Eran también los tiempos del boom del tenis profesional. En aquel escenario de frenesí y guerra de sexos, un veterano jugador de 55 años, protagonista de viejas glorias y retornado al tenis en 1968 después de su retiro 15 años antes, tuvo el descaro de desafiar a estas aguerridas pioneras y, con perlas como “las mujeres juegan peor y por tanto deben cobrar menos” (sic), retar sobre la pista a las mejores tenistas del momento. Su nombre era Bobby Riggs y se le puede considerar con justicia como el mayor buscavidas de la Historia del tenis.

Todo esto sucedía en 1973. Machista para ellas y poco menos que un héroe para ellos, Riggs se enfrentó en primer lugar a la número 1 del mundo, la australiana Margaret Court. Court, una leyenda ya por entonces, había sido la primera jugadora en la era Open – y la segunda en toda la historia – en conquistar el Grand Slam, es decir, los cuatro torneos mayores en un mismo año. Su bestial récord de 24 títulos grandes individuales continúa imbatido. Riggs llevaba veintitrés años sin jugar un partido importante (en ese momento se decía de él que jugaba un “tenis Mickey Mouse”), pero ante una audiencia televisada de casi 60 millones de espectadores, consiguió vencer a Court en apenas 57 minutos, en el que sería conocido como el Partido del Siglo o la Masacre del Día de la Madre, por celebrarse en el día de esa fiesta. El segundo acto de esta contienda iba a enfrentarle, solo unos meses después, a la jugadora más importante del momento. No solo por sus méritos tenísticos sino también por ser la punta de lanza del movimiento feminista en el tenis y una mujer que marcaría época, dentro y fuera de las pistas: Billie Jean King. Su histórico combate sería conocido como La Batalla de los Sexos.

Pero el machismo estaba muy lejos de ser el motor principal de Riggs; ni siquiera lo era secundario. El californiano era ante todo un tahúr vocacional y un apostador enfermizo.Cuando no puedo jugar por una gran cantidad de dinero”, le confesó en cierta ocasión al legendario periodista Mike Wallace, “juego por una pequeña; y si tampoco puedo por una pequeña, ese día me quedo en la cama”. Riggs había nacido en 1918, y ya durante la Depresión, de niño, jugaba al póker mientras esperaba pista en los parques públicos de Los Ángeles. Ganó su primera raqueta jugando a las canicas. En una época tan hipócrita y restrictiva como la del tenis amateur, sorprende lo bien que se las apañó para autofinanciarse. Otros aceptaban dinero y regalos bajo cuerda o trabajaban en empleos ajenos al tenis. Él apostaba. Incluso su agente era además su corredor de apuestas. Sin embargo, no hay que olvidar que Riggs llegó a ser el número 1 amateur del mundo en 1939 y a conquistar en ese año la triple corona en Wimbledon (individual, dobles y mixtos) y el primero de sus dos US Championships. Cómo no, sus triunfos en Londres le reportaron en apuestas unas estratosféricas 21.600 libras, una locura para la época. En 1939 llegó también a la final de Roland Garros, pero su afición al champán y a las damiselas le impidió ganar el título.

No es de extrañar que, con la llegada en 1968 de la era Open, ese Concilio Vaticano II del tenis, el cielo se abriera para Bobby Riggs. De repente, el dinero inundaba el circuito, proliferaban los enfrentamientos a partido único y con un abultado premio en los que el ganador se llevaba todo, los tenistas eran estrellas que arrastraban a las masas, los torneos se rifaban su presencia y las marcas su patrocinio. Un escenario celestial para un espabilado como Riggs, un tipo que lo mismo apostaba contra Paul Anka o retaba al gran Joe Louis, y que ya en el periodo amateur tenía la osadía de negociar las apuestas a pie de pista minutos antes de empezar el partido.

La Batalla de los Sexos fue un partido que transcendió el tenis. Cimentó el circuito femenino y la creación de la WTA (Women´s Tennis Association), fundada por la propia B.J. King. Aumentó la confianza en sí mismas y el poder de las mujeres, que cada vez más pedían mejores sueldos y cada vez más los conseguían. Con su victoria, King se convirtió en la primera superestrella del deporte femenino en Estados Unidos. Fue una batalla entre feminismo y machismo, entre juventud y madurez (King tenía 26 años menos que Riggs), entre los viejos tiempos y los nuevos. En el Astrodome de Houston, 30.000 espectadores in situ y casi 90 millones desde sus casas (50 solo en EE.UU.), lo convirtieron en el partido de tenis más visto de la historia, récord que por lo visto aún ostenta. ¿Y Riggs? Tuvo que ver cómo uno de sus mayores chanchullos, para el cual había trabajado incansablemente, pasaba de largo mientras el boxeador George Foreman le hacía entrega a King de un cheque por valor de 100.00 dólares. Todo para el ganador.

Curiosamente, King y Riggs terminaron siendo buenos amigos, y en una de esas cuadraturas del círculo a las que a la vida le gusta tanto jugar, la tenista de Long Beach confesó, 15 días antes de que él muriera por un cáncer de próstata en 1995, que el viejo fullero “hizo más que nadie por el desarrollo de la igualdad de la mujer ante el hombre dentro de la sociedad”. Bobby Riggs, con su aspecto de pícaro y descarado Woody Allen (gafas de pasta incluidas) y su talento para el show, fue un personaje inolvidable. Quizá Nora Ephron, acérrima feminista de primera hornada y posterior directora y guionista de éxito (suyo fue el guión de “Cuando Harry encontró a Sally”), habló por muchas al decir, poco después del partido: “En las últimas semanas, me ha llegado a gustar mucho este tío, es un buen tipo”.

Firma invitada: Óscar Blanco Aparicio

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