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A Terrible Splendor

By on 18 septiembre, 2015

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La Union Jack, la esvástica nazi y la bandera de las barras y estrellas compartían el viento aquella tarde de julio de 1937. Tres naciones que pronto se enfrentarían en la mayor carnicería de la Historia desplegaban su etiqueta para presenciar el acontecimiento deportivo del año. En el All England Club de Londres, sede del torneo de Wimbledon, se celebraba el quinto y decisivo partido de la Final Interzonal de la Copa Davis, una suerte de semifinal única, entre Alemania y Estados Unidos. El ganador pasaría a la final, entonces llamada Challenge Round, donde le esperaba el campeón vigente, Gran Bretaña.

Aquel partido, que sería considerado durante las décadas venideras como el mejor de la historia, era en realidad una final anticipada que enfrentaba a las dos mejores raquetas del mundo: el americano Don Budge y el barón alemán Gottfried von Cramm. Los británicos, que habían conquistado la ensaladera en las tres ediciones previas, apenas albergaban esperanzas de volver a hacerlo ya que su principal baza, el campeonísimo Fred Perry, se había hecho profesional a finales de 1936 y por tanto no podía jugar la Davis. En una época en que el tenis, incluyendo Wimbledon y los demás torneos mayores, era fundamentalmente amateur y los tenistas “jugaban por la gloria, no por el dinero”, la Copa Davis era el torneo más preciado y uno de los eventos deportivos más importantes del planeta. Pero otras circunstancias habrían de convertir este partido en legendario.

En 1937, los tambores de la guerra sonaban ya furiosos en España como prólogo a la batalla contra el fascismo que teñiría el mundo de sangre en los años siguientes. Hitler predicaba la paz mientras preparaba la guerra. Alemania experimentaba un boom económico gracias a su rearme. Era una época de espanto en la que la política emponzoñó el deporte. El gobierno nazi, que había conseguido positivizar su imagen gracias a los Juegos Olímpicos de Berlín el año previo, no dudaba en instrumentalizar el deporte en su afán de probar la superioridad de la raza aria. De ahí que von Cramm estuviera en su punto de mira.

Considerado el segundo deportista más importante de Alemania tras el boxeador Max Schmelling, los nazis intentaron repetidamente que ingresara en su partido y se convirtiera en una de las caras simpáticas de su régimen. El mismo Goering en persona, un entusiasta jugador de tenis, le había implorado en ese sentido como forma de demostrar su patriotismo, insinuándole de paso que sería un modo de garantizar su seguridad y la de los suyos. Sin embargo von Cramm, heredero de una rica y aristocrática familia con raíces en Hannover desde hacía 800 años, era un convencido antinazi y nunca se dejó vencer por los cantos de sirena y las veladas amenazas. Para empeorar aún más su situación, era homosexual y tenía un novio judío. Pero el Tercer Reich continuaría mirando hacia otro lado mientras siguiera ganando.

Con tres derrotas consecutivas en las tres últimas finales de Wimbledon, su victoria ante Budge en la semifinal de la Davis era casi cuestión de vida o muerte. Cómo el mismo le confesó a su entrenador, “En este partido, estoy jugando por mi vida”. Y tenía razón. Menos de un año después, von Cramm sería juzgado y encarcelado por “delincuencia moral”, y posteriormente enviado al terrible frente ruso, al que sobrevivió.

Todo ese explosivo cóctel se agitaba en la cabeza de von Cramm mientras, tal y como era costumbre en la catedral londinense, el as alemán bebía té en taza de porcelana durante los descansos del partido. Enfrente tenía, además, al mejor jugador del mundo. Don Budge, dueño del mejor revés de su época y de un saque demoledor, era el hijo de un camionero de Oakland y con el tiempo se convertiría en uno de los más grandes tenistas de la Historia. Pionero del fitness en el tenis, amante del jazz y un habitual de la colonia de Hollywood (entre sus amigos contaba a Errol Flynn, buen tenista, que “pasaba tanto tiempo en las pistas como en los estudios y las camas de las actrices”), fue el primer jugador en conquistar el Grand Slam – los 4 torneos mayores en la misma temporada – y el primer americano en ganar Roland Garros, ambos en 1938.

Mientras los oficiales nazis tomaban el té con la reina Isabel en el palco real, entre los miles de espectadores que contemplaban enfervorecidos el magisterio de Budge y von Cramm – con ese extra de emoción que siempre acompaña al enfrentamiento de equipos nacionales – se encontraba el tercer vértice de esta historia. Bill Tilden, amigo y mentor personal de von Cramm y entrenador del equipo alemán (sobradamente conocidas eran sus desavenencias con el establishment del tenis de su país, EE.UU.),

Tilden era considerado, y lo seguiría siendo durante mucho tiempo, el jugador más grande que este deporte había conocido. Los datos de sus logros son mareantes. Dominador imperial del tenis durante los años 20, fue número 1 durante siete años y consiguió para Estados Unidos la ensaladera de la Davis de 1920 a 1926. Solo los 4 mosqueteros franceses (Lacoste, Cochet, Borotra y Brugnon) pudieron pararle. Durante 6 años no perdió ningún partido importante; en 1924, ni uno solo, en 1923 solo uno (contra el español Manuel Alonso). Homosexual, ególatra, bon vivant y gran manipulador, fue también un influyente teórico del tenis; su libro “Match play and the spin of the ball” alcanzó cotas de autoridad canónica. Sin embargo, sus mayores pasiones fueron escribir para el teatro y actuar. Incluso llegó a debutar como actor en Broadway en 1926, en una obra financiada por él. Cercano a la realeza de Hollywood, su final fue trágico. Detenido y encarcelado por pederastia en 1949, se convirtió en un apestado condenado al ostracismo. Olvidado por todos, murió en 1953.

Un anciano Budge, hacia el final de sus días, aún disfrutaba recordando aquel partido, saboreando los momentos vividos en la pista central frente a von Cramm, el caballero de Wimbledon. Pensando en las tremendas dificultades que su amigo había tenido que afrontar después, por un momento deseó haber perdido. Solo por un momento. “Nunca jugué mejor”, solía decir, “y nunca jugué contra nadie tan bueno como von Cramm ese día”.

Firma invitada: Óscar Blanco Aparicio

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